Viene Mashíaj - La única web en español sobre la llegada del Mashiaj.
El objetivo de la vida, hacer de este mundo una morada para Di-s. La llegada del Mashiaj es uno de los 13 principios de fe del pueblo judío. El Rebe de Lubavitch ha anunciado lo inminente de este fenómeno y está en nuestras manos lograrlo. ¿Como? Estudiando sobre el Mashiaj y la Gueulá. Creada y editada por Centro Leoded - Jabad Argentina
יחי אדוננו מורנו ורבינו מלך המשיח לעולם ועד
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El enfrentamiento entre Napoleón y el Alter Rebe, primer Rebe de Jabad

Ilustración de la guerra ruso-francesa
En las primeras dos décadas del Siglo 19, hubo dos ejércitos masivos masacrando uno al otro en los campos de batalla de Europa. De un lado estaba Napoleón, paladín de la Revolución Francesa, adhiriendo a los ideales de libertad, igualdad y fraternidad y prometiendo emancipación a los pueblos oprimidos del continente. Contra él se alzaron los monarcas de Europa, afirmando un derecho Divino al gobierno, lanzándose como defensores de la familia, la religión institucionalizada, la ley y el orden -de hecho, de la civilización misma- y advirtiendo acerca del caos
que la apostasía de la libertad había descargado sobre Francia. Los líderes de la judería europea estaban igualmente divididos. Había rabinos y maestros jasídicos que aguardaban ansiosamente la liberación a manos de los ejércitos de Napoleón. El pueblo judío ya no sería encerrado en ghettos y privado de medios para ganarse su sustento; el Estado ya no estaría más aliado a una religión hostil a la fe judía. Liberada de la persecución y pobreza que habían caracterizado la vida judía sobre suelo europeo por docenas de siglos, el pueblo judío estaría libre para ahondar e intensificar su nexo con Di-s de maneras anteriormente inimaginables. De hecho, algunos creían que una victoria francesa prepararía el mundo para la venida del Mashíaj y la Redención Final. (Inclusive le compusieron poemas). Pero en la comunidad judía se oían también otras voces. Voces que profetizaron el cambio de pobreza material por aflicción espiritual. Sí, las paredes del ghetto caerían; sí, los centros financieros, las universidades y alianzas profesionales de Europa abrirían sus puertas al judío. ¡Pero a qué precio! La defunción del shtetl (la aldea judía) traería la defunción del centro espiritual de vida judía, el quebrantamiento de la comunidad y la familia judía, y concesiones en el compromiso del judío a la Torá. Sí, Napoleón liberaría al cuerpo judío, pero no hará otra cosa que destruir al alma judía. Una fuerza importante en la oposición judía a Napoleón la constituía Rabí Shneur Zalman de Liadí, el fundador del jasidismo Jabad. El hizo más que advertir acerca de los peligros de la emancipación; luchó contra Napoleón en todos los frentes, intercediendo en lo Alto para lograr su caída y ayudando al esfuerzo terrenal de Rusia para derrotarlo. Hasta hubo un espía jasídico, Rabí Moshé Meisels de Vilna, que, a pedido de Rabí Shneur Zalman, trabajó como intérprete para el Alto Mando Francés y transmitía sus planes de guerra a los generales del Zar. Rabí Shneur Zalman falleció mientras huía al avance napoleónico el 24 de Tevet de 5573 (27 de diciembre de 1812). Su papel en la derrota de Napoleón fue reconocido por el Zar Alexander I, quien lo premió, y a sus descendientes, con el título y los privilegios de "Ciudadano Honorable para la Posteridad". Los temores de Rabí Shneur Zalman fueron avalados por los sucesos de los dos siglos siguientes. Cuando la emancipación llegó finalmente a la judería europea, lo hizo como un proceso gradual, y la comunidad judía ofreció un conjunto de respuestas morales e intelectuales (más notablemente, el movimiento jasídico). Con todo, el precio espiritual pagado por la libertad fue alto: la vida judía tradicional fue eliminada en Francia y Alemania por las revueltas lideradas por la Revolución Francesa, y mientras que se preservó en la Europa Oriental hasta vísperas del Holocausto, muchos cayeron presa de los vientos de permisividad e "iluminismo" sin Di-s que soplaban del oeste. Nosotros sólo podemos imaginar cuál hubiera sido el precio a pagar, de conquistar Napoleón el continente en los primeros años del Siglo 19. Napoleón cayó y la autoridad monárquica fue restaurada en Europa. Pero no por mucho tiempo. La historia había sido encaminada en un curso que podría demorarse y atenuarse, pero no detenerse; un curso en el que la libertad reemplazaba a la autoridad, en el que la voluntad del hombre se estaba volviendo cada vez menos sujeta a gobernantes, leyes y normas sociales. La historia no es ciega. La Providencia Divina provee a cada generación los desafíos que está equipada a enfrentar y los potenciales que está capacitada a concretar. Si vivimos hoy en un mundo libre, es porque se nos ha considerado capaces de tratar con esta fuerza volátil y alistarla hacia fines positivos y de Divinidad. "Cuando llegas a una ciudad", dice el Midrash, "haz según su costumbre". Esto es más que una trivialidad de mera etiqueta diseñada para evitar momentos de torpeza en restaurantes para turistas; es una norma a ser aplicada en nuestra travesía por la historia. No estamos aquí para luchar con el mundo, dice el Midrash, sino para modelarlo, desarrollarlo y sublimarlo. Cada era y sociedad tiene sus "costumbres", su peculiar espíritu del tiempo y ambiente cultural que ha de ser explotado para servir a tu Creador y a tu misión en la vida. Si vives bajo la hegemonía de un zar, canaliza la sumisión a la autoridad a la que esto te adoctrina para alimentar tu compromiso con el supremo Rey de todos los reyes. Si vives en un mundo profanado por una libertad de "todo vale", vuélcalo en una libertad Divina, como facilitadora de la expresión desinhibida de la "imagen de Di-s" que es tu más genuino ser. De hecho, nuestra generación ha demostrado su valor incluso ante el desafío de la libertad. En el siglo 20, en las décadas del 60' y el 70', la juventud del mundo occidental se rebeló contra el conformismo, el materialismo y las religiones estériles de sus padres y maestros. Redefinió "libertad" como la libertad para buscar un propósito más alto en la vida, para trascender un ser encumbrado por su ego a fin de descubrir un ser más auténtico, más altruista, dentro de uno mismo. Mucho de ello estuvo mal encaminado y fue destructivo, como tienden a ser las revoluciones sin raíces y foco. Pero también produjo una gran liberación del alma en la forma del movimiento de teshuvá ("retorno"). Incontables millares arrojaron los grillos del hábito y la ignorancia para abrazar una vida fiel a la Torá, una vida que responde al más profundo anhelo del alma y concreta su propósito más quintaesencial. Significativamente, Francia -la misma Francia que hace doscientos años fue el epítome de la corruptibilidad de la libertad- ha sido escenario de uno de los más grandes éxitos del movimiento de teshuvá, con miles de judíos franceses re-descubriendo y re-comprometiéndose con la Torá. Hoy Francia experimenta un renacimiento espiritual y la París libertina está salpicada de Ieshivot y comunidades renacientes. Hasta el himno de la revolución francesa, la Marsellesa, ha sido "apropiado" como melodía jasídica. La libertad está siendo reivindicada y encaminada hacia su genuino objetivo de Divinidad. La última frontera está ante nosotros: la frontera del propio ser. Quiénes somos, realmente? ¿Qué sucede cuando nos liberamos de todas las estructuras externas de autoridad y limitación? ¿Nuestro compromiso con Di-s es algo a ser impuesto sobre un ser que se resiste, o es la máxima concreción de la incesante búsqueda de libertad por parte del ser? Nuestros Sabios nos cuentan que llegará un día en el que "una higuera gritará: '¡No tomes mi fruto! ¡Hoy es Shabat!'" Un día en el que el plano maestro de Di-s para la Creación será el estado natural de cada cosa creada. Un día en el que la realidad será un espejo perfecto de su fuente Divina. Estamos ahora en el umbral de ese día. Viviendo en un mundo que se hace perceptiblemente más libre cada día, encaramos nuestro desafío final: traer a la luz una libertad que no es un desafío a la soberanía de Di-s sino su máximo cumplido. Una libertad en la que el ego del hombre no es sino un reflejo del Divino "Yo".
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