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En memoria de Alberto Nisman. Abraham ben Itzjak הי"ד

Nisman, reflejo de AMIA
Por Por Gustavo D. Perednik (x)

El primer hebreo inició hace cuatro milenios, desde Sumeria, una marcha que moldeó la historia de la humanidad. Abraham y su deambular tuvieron, siglos después, una expresión grupal: las cuarenta y dos estaciones del recorrido de los israelitas en el desierto, casi al final del libro de Números.
Otro paralelo: durante el Éxodo, la maravillosa teofanía en el Monte Sinaí fue un eco colectivo de la revelación individual a Moisés en la zarza ardiente. Así, hombre y comunidad -la experiencia histórica ocurre paralelamente “en el individuo y en su grupo de referencia”. También es así en las facetas trágicas de la historia: la persecución de Nimrod al primer patriarca, equivalente a la esclavitud del pueblo judío en Egipto. Por ello, no logro eludir tal paralelo entre la vicisitud de Nisman y la del tema que acaparó casi las dos últimas décadas de su trunca y apasionada vida. Una bomba fue, y veinte años después fue un balazo. Detrás de ambos, acecha una aciaga urdimbre de ocultamientos y desvíos. Parecidos a mamushkas rusas, según sugirió Hugo Alconada Mon. La imagen es apropiada: un embrollo deliberadamente montado por una inoperante fiscal para esconder la trama del asesinato, que escondió la de un canciller que pactó traicioneramente con los verdugos, para esconder el memorracho de desentendimiento, que escondió el encubrimiento del más grave atentado terrorista en Latinoamérica, que escondió a los iraníes perpetrándolo. Tantas mamushkas lograron que la gente ya no supiera a qué se refiere “el caso AMIA”.
Con todo y a pesar de todo, la red expansiva de confusiones puede ser simplificada en dos polos: el atentado y el magnicidio. En uno y otro caso, los sembradores de confusión echaron a rodar la infamia de que se había tratado de un crimen autoinfligido. En el plano macro, el engaño decía que el edificio comunitario de los judíos fue bombardeado por judíos; en el microcosmos, mintieron que Nisman se suicidó.
¿Qué aducían, en uno y otro caso? Blablá. Es lo de menos. Lo importante es que el maléfico rumor corriera cual veneno. Que en el imaginario desinformado se pergeñara un supuesto depósito de explosivos dentro de la mutual, y que abundaran los turbios manejos de un fiscal perturbado. Así se permitían aludir a quien dio su vida por la Justicia argentina y, en una Argentina que estaba gobernada por mediocres y rufianes, el grande tuvo que morir en el cumplimiento de su deber.
La AMIA también cumplía con su noble función social: la asistencia, la educación, la cultura. Por eso fue el blanco, tal como lo derramó el alma didáctica de mi amigo Marcelo Birmajer, inmerso en su propio luto: por eso nos odian -por nuestro compromiso con un mundo mejor, más libre, más plural, más creativo, más humano. Hombre y comunidad. En cada una de las dos historias macabras pueden señalarse símiles aun en ciertos detalles. Ahí está impune, en el atentado y en el magnicidio, el personaje oscuro que proporcionó a los asesinos el arma del delito. Me lo hizo notar Soledad Castro, la fiel Secretaria General de la Unidad de Nisman. La Trafic de Telleldín fue a la AMIA, lo que el revólver de Lagomarsino fue a Alberto. Ambos saben a quién le entregaron el instrumento del delito, aun si no tuvieran totalmente claro cuál iba a ser su uso.
Una y otro, también en lo que se refiere a la gloriosa permanencia. La AMIA prosigue vibrante, incluso robustecida. Es lo que los asesinos, ciegos en su sed de sangre, nunca ven. Podrían haberlo leído en el versículo clave de estos días, si sólo se dedicaran a estudiar en vez de a matar: “cuanto más oprimían a los israelitas, más se fortalecían”.
También vos persistís, Alberto querido. No te mataron del todo. Casi medio millón de argentinos marcharon bajo la lluvia torrencial, un mes después de la noche macabra, para rendirte homenaje.
Honraron tu recuerdo, y clamaron por Justicia, la huidiza y dolorosa.
No sólo eso, Alberto. Tu memoria tuvo un rol nada despreciable en dar a luz a una nueva Argentina a fin del 2015. Las fuerzas que quieren continuar con tu obra cobran nueva vida, se expresan cada vez más. El miedo empieza a quedar atrás y es reemplazado por el deseo de verdad y de justicia.
Los que te difamaron van quedando en el bochornoso pasado, y tu figura dinámica y perseverante cobra nítido relieve para iluminar la senda del país. Tuve el honor de hablarte cuando descubrimos tu matzevá en La Tablada. Habían transcurrido once meses desde que nos dejaste, y había llegado la fecha de interrumpir el Kadish de duelo. ¿Sabés qué vino entonces a mi memoria? La charla que mantuvimos cuando desde el ventanal de tu UFI-AMIA te hice notar la escultura que se ve en el frontispicio de enfrente: el bajorrelieve del encuentro del bíblico José con sus hermanos. Te interesaste, ¿te acordás? En ese tiempo empezabas a reanimar tu identidad judía, y al poco tiempo le diste nuevos bríos cuando juntos paseamos por Israel.
Qué triste fue volver a hablar de ese frontispicio frente a tu sepultura, once meses después de tu asesinato, en el día en que leíamos en la Torá precisamente el episodio del reencuentro de hermanos. E igual que Yehudá en la antigüedad, no atinamos a elegir las palabras justas. Por ello me valí de otro recuerdo, más reciente, que me habría encantado compartir contigo –imposible, claro.
Te cuento: después de recibir tu último email, me embarqué desde España a Israel para participar del Brit Milá de mi nietito -quien ya cumplió once meses. Y mi yerno me emocionó hasta las lágrimas cuando anunció que daban al recién nacido el segundo nombre de “Abraham, en homenaje al amigo de mi suegro que dio su vida por la justicia”. Le había contado el hecho a tu mamá, Alberto, pero en La Tablada volví a dirigirme a ella, y le agregué que ése fue sólo el primer homenaje, y que ya preveo escuelas, plazas y calles que perpetuarán tu heroica memoria.
Es la de esos hombres especiales que se entregan a una causa sin claudicar, porque la ven como la misión de sus vidas. En tu caso, la causa vital fue desentrañar hasta el final el vil atentado y castigar a los culpables.
En vez de ello, tus enemigos se propusieron blanquear a los perpetradores. En nuestro último café, allí en Volta, me dijiste que irían presos. Todos esos poderosos que se creyeron superhombres y pactaron arteramente con el asesino. Le vendieron la Justicia argentina, y te vendieron a vos al mejor postor.
Te confieso que por momentos me parece que tu predicción se concretará, ya que la nueva Argentina justifica renovar nuestras esperanzas.
En cualquier caso, lo que queda cada vez más claro es que la figura del gran Fiscal señala el camino a seguir. Aunque sea políticamente incorrecto en los vertiginosos días que vivimos. No permitiremos que se desdibuje porque miramos adelante. Nos lo enseñaste fácil, señor Fiscal: con los terroristas no se negocia; ante el terrorismo no nos rendimos.
Los vamos a vencer, te lo debemos. Y no nos avergonzamos de nuestro anhelo de victoria. Del mismo modo en que nunca se avergonzó Alberto Nisman de denunciarlos en cuanta corte y foro tuviera posibilidad. Infatigable luchador, insobornable jurista, y amigo entrañable.

(x) Filosofo, educador, ensayista y amigo personal de Alberto Nisman
Extraído del Diario Comunidades

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