Viene Mashíaj - La única web en español sobre la llegada del Mashiaj.
El objetivo de la vida, hacer de este mundo una morada para Di-s. La llegada del
Mashiaj es uno de los 13 principios de fe del pueblo judío. El Rebe de Lubavitch
ha anunciado lo inminente de este fenómeno y está en nuestras manos lograrlo. ¿Como? Estudiando sobre el Mashiaj y la Gueulá. Creada y editada por
Centro Leoded - Jabad Argentina

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Rabí Jaim ben Atar (1696-1743), el "Or HaJaim", el líder judío, Mashíaj de su generación, previo a Rabí Israel Baal Shem Tov

Su tumba en el monte de los Olivos
Salé es una ciudad de Marruecos situada en la costa atlántica, en la orilla norte de la desembocadura del río Bu Regreg, que la separa de la ciudad de Rabat, Marruecos. Su comunidad judía, aunque pequeña en número, ha dejado un rastro imperecedero en la historia de Israel, debido a nuestro venerable maestro, Rabí Jaím Ben Attar. Nacido y criado en Salé, creció en la ciudad hasta que sintió la necesidad de partir hacia la Tierra sagrada Jerusalén, donde actualmente yace enterrado. Nació en el año 1696 dentro de la familia Ben Attar (originaria de la España musulmana, Attar significa “perfume” o mercader de perfumes”) y estudió Torá con su abuelo, del cuál recibió además el nombre. Como él mismo relata en la introducción a su libro Jefetz Hashem:
Estudié Torá con mi maestro y abuelo, Rab Jaím Ben Atar de sagrada y bendita memoria. Él era un gran Rabino, bien conocido, piadoso y humilde, del cual en su tiempo bebí las aguas vivas (la Torá). Desde mi nacimiento, crecí sobre sus rodillas y absorbí totalmente sus maravillosas palabras. Era tan piadoso que yo diría que nunca durmió ni siquiera la mitad de una noche. Él pasaba las noches del mes de Tamuz recitando lamentaciones acerca de la destrucción de la casa de Di-s, llorando profusamente, como una viuda. Él finalizaba la noche estudiando, solo y con otros que, como yo mismo, eramos sus descendientes.”. En Salé, el "Or HaJaim" Rab Jaim ben Attar se ganaba la vida con su trabajo, pues según la tradición era sastre, especialmente haciendo ropa con materiales lujosos como oro o plata trenzados. Una vez, el gobernador de Salé preparaba la boda de su hija y cuando escuchó que el trabajo de Rabí Jaim era perfecto y muy preciso, decidió confiarle la confección del vestido de novia de su hija. El gobernador tenía una condición: el trabajo debía estar completado antes de que terminara la semana. Como ya hemos dicho, él se ganaba la vida con su trabajo, pero mantenía un principio: Desde el momento en que había ganado suficiente dinero para vivir en la semana, regresaba a sus estudios. Los sirvientes que le habían llevado las ropas de la novia estaban sorprendidos al escuchar que rechazaba el trabajo. Regresaron una segunda vez con órdenes del gobernador y le amenazaron con la muerte si rechazaba. Sin embargo, él se mantuvo firme en su convicción. El gobernador no podía tolerar el hecho que un judío desobedeciera y ordenó que fuese lanzado al pozo de los leones. Los sirvientes del gobernador, que habían encadenado a Rabí Jaim para llevarlo a los leones, podían oír los rugidos hambrientos de los grandes felinos desde lejos. Aún así, sin ser perturbado, avanzó con firmeza en dirección al pozo. Los sirvientes del gobernador aún estaban más sorprendidos cuando los leones se acercaron y se pusieron en línea ante él, moviendo sus colas y parecían mostrarle respeto. Durante ese tiempo, Rabí Jaim había abierto el libro de los salmos y había empezado a recitarlos. El gobernador, que se apresuró a ir al pozo para presenciar la maravilla con sus propios ojos, se arrepintió mucho de haberlo maltratado a y ordenó que fuese liberado. Él también le dio caros regalos y le pidió perdón. Esta es solo una de las historias que circulaban en la comunidad judía concernientes a la grandeza de nuestro maestro, al cual incluso las bestias le prodigaban un reverencial respeto. Permaneciendo con su suegro desde su juventud, Rabí Jaim no dejó de elevarse en Torá. Terminó fundando una Ieshivá en su hogar, donde enseño Torá públicamente sin recibir ningún pago por ello, pues desde su juventud tomó para sí el hecho de estudiar y enseñar. 
En 5492 (1732), mientras aún vivía en Salé, su libro Jefetz Hashem (un comentario a la Guemará) fue publicado en Amsterdam. A pesar que las persecuciones lo forzaron a abandonar la ciudad donde nació, se fue a Meknes y después a Fez, donde estudió muchos años junto con algunos discípulos y amigos. Su hogar estaba completamente abierto a todos, y mucho más a estudiosos de la Torá. Cada semana faenaba un ternero, haciendo la shejitá y distribuía la carne entre los estudiantes, de manera que pudiesen tener algo de comer en honor al Shabat.
Cierto día, una epidemia brotó sobre todo el ganado de Salé y todos los animales que fueron faenados en honor de Shabat resultaron no aptos para el consumo, con la única excepción del ternero faenado por Rabí Jaim. Uno de los habitantes de la ciudad, un muy próspero y honorable hombre, preocupado por no tener carne que comer en Shabat, vino a ver a nuestro maestro para pedirle que le diese algo, al precio que fuera. Nuestro maestro se negó, explicando que toda la carne estaba dedicada para cubrir las necesidades de los estudiantes que venían a recibir su porción en honor de Shabat. Mientras ellos aún hablaban, uno de los estudiantes pobres vino y nuestro maestro le dio su porción. El hombre rico estaba muy ofendido por el hecho que él no tenía carne para él, mientras que ese hombre pobre vestido con harapos recibía una generosa porción. En su furia, lanzó palabras injuriosas sobre el hombre pobre, quien era un gran sabio. Nuestro maestro no deseaba continuar hablando con el hombre rico, así que este se fue sin haber conseguido su deseo. Esa noche, Rabí Jaim soñó que había sido condenado al exilio por un año entero, porque no defendió el honor del estudiante pobre ante los insultos del rico. El aceptó el decreto. A la semana siguiente, abandonó su lugar y llevó un año de auto-exilio verdadero. Él no dormía más que una noche en el mismo lugar, partiendo por la mañana para cumplir su exilio. Fue a menudo asaltado por el hambre y aceptó esta prueba debido al insulto sufrido por el estudiante pobre. Notando que estaba cubierto de problemas, nuestro maestro decidió que el momento había llegado de ascender hacia la ciudad sagrada. Como escribió nuestro maestro: “Di-s clarificó mi mente, y entendí que el sentido de esa prueba era darme coraje de partir en dirección al lugar sobre el cuál ya había soñado, el lugar de la Shejiná (la presencia Divina), la exaltada ciudad que es preciada por el Dueño del Mundo, soberano en el mundo superior e inferior. Me armé con todo mi coraje y me enfrenté a grandes peligros atravesando regiones desérticas, hasta llegar al país que añoraba, el único lugar puro de la tierra, la Tierra de Israel, pues todas las naciones del mundo, su tierra e incluso el aire que se respira, son impuros."
En Rosh Jodesh Av del año 5501 (1741), dejó Livorno, Italia, con un grupo de 30 estudiantes, hacia Alejandría de Egipto. Desde allí pretendía llegar a Jaifa y después a Jerusalén. Uno de sus estudiantes, Rabí Abraham Ishmael Jai Sanguinetti, describió en una carta a su padre el viaje entero desde Livorno hasta la ciudad de Akko. El bote que habían tomado paró en Alejandría, donde el grupo tenía que viajar a Jaifa, y después a Jerusalén, pero el capitán, en vez de esto los llevó a Akko, donde ellos llegaron al final del mes de Elul de 5501 (1741). De hecho, era un bien que Di-s había hecho por ellos, pues una epidemia había brotado en Jaifa y en Jerusalém. Este es el motivo por el que el Or HaJaim estableció una yeshivá en Akko y permaneció allí casi un año, hasta mediados de 5502 (1742). En la Tierra de Israel se acostumbró a orar ante las tumbas de los tzadikim, que visitaba con sus discípulos, en Jerusalén, Safed y Tiberias en la Galilea.
Estaba muy emocionado cuando llegó a Safed, incluso el Bet Midrash del gran Rabí Iosef Karo (autor del Shulján Aruj) fue puesto a su disposición. Allí, de acuerdo a la tradición, el Arizal había orado. 
La visita a la tumba de Rabí Shimon Bar Iojai en Meron fue con una emoción particular y a pesar de que viajaron allí con burros, cuando vieron desde lejos la tumba de Rabí Shimon Bar Iojai en la montaña de Meron, Rabí Jaim descendió de su burro y empezó a subir con todas sus fuerzas, diciendo con voz amarga: “Cómo puedo yo, que no soy nada, cómo puedo yo entrar en este lugar de fuego, donde dentro permanece la llama del Sagrado Uno, bendito es Él, y Su Shejiná, mientras todos los guías celestiales y todas las almas de tzadikim están aquí!”
Cuando él visitaba los lugares sagrados de Tiberias, Rabí Jaim Abulafia le rogaba con insistencia que se asentara en Tiberias y que se hiciese cargo de la nueva comunidad judía de la ciudad. Finalmente, nuestro maestro decidió establecer su yeshivá en Jerusalén en la ciudad sagrada junto con sus estudiantes. Sus emociones al llegar a la ciudad sagrada fueron expresadas en una carta en la que él describe con entusiasmo su primer Iom Kipur en Jerusalén: “Vi una gran luz en el momento del Kol Nidre…y cuando abrí el heijal, para mí era realmente como abrir las puertas del Gan Eden. Había allí un resplandor tal, en la sinagoga que todo el mundo estaba derramando bendiciones y súplicas y lágrimas, en su deseo de ver la construcción del Templo. Incluso los que venían de lejos hacían lo mismo. Creeme, en toda mi vida no he visto algo igual”. 
Entre sus estudiantes estaba el Jidá (Rabí Jaim Iosef David Azulay), quien tenía 18 años cuando se unió al grupo de Rabí Jaim cuando finalmente ascendió a Jerusalén. Aunque Rabí Jaim vivió sólo 11 meses en Jerusalén, el Jidá tuvo tiempo de servirlo y aprender Torá de el. En su libro Shem HaGuedolim, se deshace en elogios: “Y yo, el más joven de ellos, tuve el mérito de formar parte de su yeshivá. Mis ojos vieron la grandeza de su Torá, su extrema bondad y su extraordinaria santidad. Para nuestra generación, el Rabí tenía una impresionante capacidad de estudio, era como una fuente de aguas vivas. Uno percibe su sabiduría en sus libros, aún eso representa únicamente una fracción de su perspicacia, la grandeza de su corazón, y su excepcional agudeza mental. Durante todo el tiempo allí, sobre él, vibraba un espíritu de santidad y desapego del mundo, así como una fuerza espiritual excepcional”.
Rabí Jaim no vivió mucho tiempo en la ciudad sagrada y antes de un año desde su llegada, partió de este mundo y se unió a la Asamblea Celestial: “A causa de los pecados de la generación, él enfermó y murió a la edad de 47, en el año 5503 (1743)”.
Durante el último año de su vida en la tierra, el Or HaJaim estaba despierto en la noche de Hoshana Raba y recitaba el tikun, su expresión era tan radiante como el sol. Su rostro emitía rayos de gloria, y él era como un ángel vestido de blanco. A la medianoche, se quedó solo en su habitación, se cambió sus ropas blancas y se vistió de negro y postró su cuerpo en el suelo y empezó a llorar amargamente. Él permaneció de esta manera hasta que llegó el tiempo de las oraciones, después del cual él regresó a su habitación y otra vez se estiró en el suelo hasta el tiempo de Shemini Atzeret. Entonces se vistió de blanco. Después de la festividad, su estudiante el Jida le pidió a Or HaJaim que le explique el significado de ese comportamiento. Él respondió que había orado por la llegada del Mashiaj y que su oración fue escuchada. “Cuando el Ángel de la Muerte vió que la maldad estaba en el punto de desaparecer, puso todo su esfuerzo en empujar al mundo en el pecado y tuvo éxito hasta tal punto que la situación se revirtió ella misma y la destrucción fue decretada”. Cuando Rabí Jaim había visto esto, él se postró y empezó a orar con toda su fuerza, hasta al punto de haber aceptado tomar sobre sí la carga del decreto, salvando así a toda la generación. A causa de nuestros numerosos pecados, esto es lo que ocurrió. Él partió del mundo en el transcurso de ese año. El Jidá finaliza su relato de lo que ocurrió diciendo que él entendió de sus comentarios que era el Mashiaj y que estaba preparado para revelarse, pero a causa de nuestros numerosos pecados no fue posible hacerlo. Rabí Jaim falleció al anochecer del sábado, al principio de la noche. En ese justo momento, el Baal Shem Tov acababa de lavar sus manos para la tercera comida del Shabat (allí, el sol aún no se había puesto) y dijo: “La luz de Oriente se ha extinguido”, significando que nuestro maestro, el sagrado Or HaJaim había muerto. En el momento que murió, su amigo Rabí Jaim Abulafia se desmayó en Tiberias a mitad de la oración y permaneció inconsciente durante casi un cuarto de hora. Al recuperar la conciencia, dijo que había acompañado a nuestro maestro arriba, a las puertas del Jardín del Edén. Los sabios de Jerusalén hablaron de su muerte, en su carta de recomendación para el libro Rishon Letzion, que apareció en 5503 (1743). Ellos afirmaron: “Ese día, la tierra entera empezó a temblar, los líderes de Sion se sentaron en las cenizas, lamentaciones respondían a las lágrimas, y en todas partes se reunían elogiándolo”.
La tumba de Rabí Jaím Ben Atar, en la cuesta del Monte de los Olivos, está entre los lugares sagrados donde mucha gente viene a orar durante todo el año. En particular, hay muchos que se desplazan allí en el día de su aniversario, el 15 de Tamuz.
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